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Exit Through the Gift Shop, de Banksy

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The Walking Dead, Serie de TV, 2010.

viernes, 23 de agosto de 2013

La trivialidad de la realidad y la relevancia de la ficción



Se ha dicho que la historia la escriben los ganadores,  pero probablemente nunca se había visto una demostración tan impactante de dicho axioma como se puede apreciar en la película documental “The Act of Killing” que retrata a un grupo de personas que a mediados de los sesenta formaron parte de un escuadrón de la muerte destinado a matar a comunistas y algunas etnias chinas, luego de que en Indonesia, un fallido golpe de estado fuese culpado en el partido comunista.






El gobierno de Indonesia se ha mantenido hasta la época actual, y por lo tanto las masacres forman parte de las hazañas de unos defensores de la patria que son tratados como héroes, en lugar de asesinos como se pensaría en cualquier país medianamente desarrollado culturalmente.

El primer golpe que propina la película al espectador se produce al presenciar el recuento de torturas y masacres completamente inhumanas por parte de los mismisimos asesinos que se divierten y se regocijan al expresar su pericia como genocidas, sin ningún tipo de remordimiento y hasta con orgullo; algo que la sociedad indonesia parece aceptar y hasta celebrar sin trauma alguno como se puede ver en las entrevistas que dan los autodenominados gangsters en la televisión nacional.

Pero el director Joshua Oppenheimer no se conforma con mostrar la crueldad de estos personajes, sino que utiliza dicho reportaje para profundizar en la naturaleza humana, las mentiras que nos decimos para aceptar nuestros actos, la influencia de la televisión y el cine en la crueldad,  además del poder de la ficción sobre la consciencia de los hombres.

Lo que convierte el documental en una obra maestra es la forma en la que el director convence a los gangsters, que antes de asesinar a miles de personas eran maleantes amantes del cine, para narrar su historia. Oppenheimer les propone que produzcan una película de ficción basada en sus experiencias dentro del escuadrón de la muerte.

De tal forma, Oppenheimer sigue el mismo artificio utilizado por Hamlet en la obra de Shakespeare, quien contrata a unos actores para que reproduzcan el asesinato de su padre por parte de su tío, para apoderarse de la corona y el trono de Dinamarca. “Quiero pruebas concluyentes – señala el príncipe de Dinamarca - la obra de teatro es la red que atrapará la consciencida de este rey”.

La trampa montada por el director funciona a la perfección, y pronto puede verse como los asesinos, no sólo comienzan a recordar mayores detalles sobre la masacre sino que además comienzan a cuestionar sus propias razones y las de las víctimas. Además, logra demostrar como la realidad puede estar llena de mentiras, ideas falsas e invenciones perpetuadas en el tiempo que la ficción desmonta de manera brutal y contundente con una verdad mucho mas poderosa.

La fuerza de la película fue inmediatamente apreciada por los directores Werner Herzog (Grizzly Man) y Errol Morris (The Fog of War) quienes se convirtieron en productores ejecutivos y ayudaron a distribuir el film mundialmente y tomaron el riesgo de presentar una obra tan controversial en la que muchas de las personas del equipo técnico se mantienen anonimos por miedo a las represalias del gobierno indonesio.

La película se presta para innumerables análisis y plantea preguntas importantísimas sobre la capacidad humana para desarrollar la maldad, sus justificaciones y quizás mas específicamente, las consecuencias de dichos actos a nivel personal (físico y psicológico) y a nivel social. ¿Que valores morales son intrínsecos al hombre y cuales son aprendidos o inculcados por la sociedad?

Sea como sea, la película conforma un hito del arte cinematográfico. Un acontecimiento único que realza la fuerza de la ficción y la relación de la humanidad con la narración y las historias.

Casi al final de la película, el gangster principal, luego de haber actuado en la película como víctima, vuelve al sitio donde ahorcó a miles de personas.  Hace un intento de contar lo que siente al estar allí, pero el cuerpo se lo impide.  Las arcadas se apoderan de él y se produce una de las catarsis mas poderosas que ha tenido lugar en una pantalla de cine. Pero queda abierta la pregunta: ¿es real la purificación? O sigue siendo una actuación, una mentira más que le permita dormir sin remordimientos, bailar y disfrutar la vida que se ha ganado como héroe de un país.


Ficha Técnica:
Título original: The Act of Killing
Año: 2012          
Duración:  115 min
País: Dinamarca              
Director: Joshua Oppenheimer
Guión: Joshua Oppenheimer, Christine Cynn
Música:                Karsten Fundal
Director de Fotografía: Carlos Arango De Montis, Lars Skree
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martes, 25 de junio de 2013

Sobre Superhombres

No es ningún secreto que los superhéroes actualmente tienen la batuta en el entretenimiento y la cultural popular. Siempre tuvieron cierto éxito en los medios de comunicación, pero nunca habían alcanzado el mismo grado de popularidad. Lo que anteriormente era considerado un nicho de nerds, ahora representa la base de la industria cinematográfica mundial.


Dicho éxito no es en vano, el mundo del cómic y los superhéroes puede ser clasificado en la sociedad contemporánea como una especie de relevo de la mitología antigua. Los seres humanos como sociedad, siempre hemos usado a dioses y seres sobrenaturales para explicar nuestra historia, las normas de la sociedad o como simbología para entender el mundo.

Debido a la globalización, las diferencias culturales que anteriormente diferenciaban la mitología de los pueblos ha disminuido y el apogeo del cine hollywoodense a permitido que la mitología de la cultura pop haya pasado a dominar el planeta.

Si aceptamos esa premisa, entonces se puede afirmar que Superman es el superhéroe primordial, es la mejor definición de esa mitología contemporánea y la transmutación más reciente del salvador mandado por los cielos para proteger y salvar a la humanidad.

Para quienes no conocen la historia del personaje, Superman nació con el nombre Kal-El en el planeta Krypton, hijo de un científico que predijo la destrucción de su planeta ante los incrédulos que no hicieron nada para impedirla, por lo que decidió salvar a su hijo poniéndolo en una nave espacial que lanzó antes de que el planeta colapsara. La nave llegó a la tierra, cerca de un pueblo americano y fue rescatado por un granjero y su esposa quienes lo criaron y enseñaron los valores de la justicia, rectitud y honradez con los que definiría sus hazañas.

La más reciente película dedicada a Superman pretende devolverle su estatus en el panteón de los superhéroes para someter a una nueva generación de espectadores. Sin embargo, la falta de entendimiento del personaje principal y lo que éste representa pueden considerarse el principal fallo de la cinta.

Hay héroes adolescentes que quieren ganar el amor de una mujer, otros atormentados por su pasado o por la pérdida familiar, pero el héroe clásico siempre será Superman, cuya principal preocupación es velar la protección de la humanidad. Sólo basta preguntarse ¿cuál puede ser el mayor peligro o amenaza que sufra un ser indestructible? para entender por qué la respuesta siempre ha recaído sobre un imperativo moral. El mayor temor es que alguna persona salga herida.

A pesar de esa característica básica y clara, la película es incapaz de llevarla a cabo al punto de ser contradictoria. Si bien es cierto, que la primera mitad de la historia se encarga en recordarle a Kal-El el compromiso y la responsabilidad que tiene, gracias a sus poderes, sobre la humanidad; en el momento final, se comporta con total desinterés en las consecuencias de sus acciones, específicamente las relacionadas con su fuerza en las peleas.

La destrucción que producen sus golpes y movimientos es de una magnitud impresionante, pero es usada de una forma totalmente irresponsable, hasta el punto de derrumbar edificios enteros y de aniquilar cuadras enteras de una ciudad, sin que el supuesto héroe se detenga por un momento. Quizás otro tipo de héroe no tenga dudas a la hora de aniquilar a un enemigo, pero Superman debería poner por encima el bienestar de los seres humanos involucrados.

Esa contradicción puede ser tomada con negligencia del director, como diferencias ideológicas entre el equipo de trabajo o como una nueva forma de entender al personaje y la sociedad, así como una nueva actualización del mito.

Curiosamente, la película más taquillera del año pasado fue la también cinta de superhéroes “The Avengers” donde también puede observarse la destrucción de una ciudad, pero donde los héroes están totalmente entregados a evitar la muerte de personas y a la forma más efectiva de anular el peligro que presentan los villanos.

Habrá que esperar a ver cómo el tiempo permitirá ver el valor real de estas muestras, y cómo las sociedades futuras analicen esta mitología contemporánea y su relación con nuestras creencias y valores.

Ficha técnica:
Título original: Man of Steel
Año: 2013
Duración: 143 min.
País: Estados Unidos
Director: Zack Snyder
Guión: David S. Goyer
Director de fotografía: Amir Mokri
Elenco: Henry Cavill, Amy Adams, Russel Crowe, Michael Shannon, Kevin Costner, Laurence Fishburne, Diane Lane.
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sábado, 5 de mayo de 2012

Caracas Ciudad de Despedidas o el País de los Memes


Quienquiera que hoy en día disponga de una videocámara y publique sus piezas en Internet es, sin más pergaminos, un productor audiovisual. Los estudios y las acreditaciones son irrelevantes, así como la disparidad en la calidad del producto que se exponga. Martita de Córdoba no ha necesitado de mayor conocimiento de encuadre o de sincronía sonora para hacer estimables y demandados los simpáticos videos de Pere, su gatito sin rabo.  Luis, de Monterrey, también cuenta con muchos seguidores en Youtube debido a su afición a colgar clips de su bebé en crecimiento. Pero la misma suerte no ha valido para el payaso Platanito, cuyo chiste acerca del achicharramiento de una guardería le costó no sólo el oprobio unánime sino múltiples amenazas de muerte. Similar indignación generó el chico del metro de Valencia que puteó a un viejo hasta llevarlo a los puños. Casos como este ocurren a diario y, muchos, quizás la mayoría, no son conscientes del arrebato que causan sino hasta cuando ya es muy tarde. Algunos incluso lo buscan, por aquello de que no importa si se habla mal o bien, mientras se hable.

Pero lo relevante en Internet y, específicamente, en las redes sociales,  viene a ser el mensaje o mejor aún lo que logra “leer” el espectador. Y si a gran parte de estos inocentes activistas de la imagen se les puede justificar, aunque no siempre excusar, no pasa igual cuando los generadores de contenido son productores certificados o estudiantes de comunicación o cine. A nadie se le ocurriría enjuiciar a una abuela por preparar un remedio inverosímil y peligroso, pero si el mismo menjurje lo receta un médico titulado, bien, todos convenimos que es otro asunto…

La penosa repercusión que ha logrado el corto documental “Caracas, Ciudad de Despedidas” tiene que ver con esto último, con la responsabilidad del emisor, no sólo con la audiencia sino, principalmente, con su equipo de trabajo y reparto de actores o entrevistados. Un realizador tiene motivos e intereses profesionales que  alientan su accionar, pero también debe asumir desde un primer momento unos deberes éticos sobre aquello que piensa mostrar. Sino es consciente de esto peca de déspota, de inculto, de soberbio, o de todo esto a la vez.

El problema de “Caracas, Ciudad de Despedidas” es de contenido y aliento, claro, pero no exclusivamente. Es obvio que erraron los tiros porque el corto de lo que menos habla es de la ciudad, que apenas muestra (unos pocos planos en las vías, siempre en carro y poco más). Tampoco habla de la migración, que es un fenómeno amplio, complejo y tan remoto como la misma humanidad. No, lo que se aborda es la percepción y ¿ánimo? de un pequeñito grupo de amigos de clase privilegiada condenados, en medio de su enajenación y embriaguez cotidiana, a la penosa labor de tener que marcharse del país porque Caracas es, al parecer, una ciudad muy peligrosa, caótica y carente de oportunidades. Pero a la ciudad no la vemos por ningún lado y menos las carencias de las que se quejan los entrevistados, las que ellos deben afrontar a diario.

Un documentalista no debería dar nada por sentado (si Louie Psihoyos hubiese prescindido de las imágenes de la matanza de delfines, The Cove habría perdido buena parte de su poder de información, persuasión e interés, por poner un ejemplo reciente y notorio). Por otro lado los entrevistados son una masa unidimensional e indivisible, ninguno muestra un cariz particular, entre ellos mismos no hay matices, para todos irse es un acto inevitable por las mismas razones. No digo que esos chicos sean siempre de esta manera, tontos e inermes, pero así han sido retratados por la directora, algo que ha debido saber. El problema no es tanto que hablen con jerga sifrina o digan simplezas una tras otra (un documental es un registro, idealmente con la “menor” intervención del director de manera que si hablan así y piensan así qué más da), el asunto es que  como personas han sido “expuestos” sin pudor, ninguneados como lo fue Charlton Heaston por Michael Moore, el tema es que estos dos no eran amigos, relación que sí une (lo han dicho) a los realizadores y entrevistados de “Caracas, Ciudad de Despedidas”. Y aquí entra el factor ético del que hablé antes. Si la directora no se percató de que estaba ridiculizando a su reparto al contextualizarlos en una narración caricaturesca entonces es ineficiente. Si lo hizo con intención, entonces no es muy de fiar como amiga.

El corto está estructurado para desprestigiar a sus protagonistas y sus ideas: nunca los vemos en actividades de interés, siempre están ausentes, inmóviles en sus reductos compositivos, lerdos y oscilantes, divagantes y babosos en fiestas lisérgicas y ralentizadas. Ninguno se expresa con convicción ni con pasión, todos están siendo arrastrados por una corriente invisible que no pueden controlar y que los lleva triste e inexorablemente fuera del país… que tanto aborrecen…, pero, a ver, tampoco tanto. ¿?  Hay un chico que hasta llega a decir (sin él mismo notarlo) que la culpa de no haber vivido la ciudad como hubiese querido es de su mamá (pero igual concede luego que no es su mamá ni su propia apatía la responsable de sus límites sino… la ciudad, el país). En ningún momento hay interés alguno en valorar a los entrevistados, todo lo contrario, se les ve como estúpidos quejicas precisamente por su condición social, es una caricaturización manipuladora de esta clase social, paradójicamente configurada por una de sus integrantes. Es tan panfletario, plano y manipulador que parece producido por algún enemigo de la banal clase alta.

Ahora, lo que si posee esta peliculilla es ritmo. El montaje es cadente y se logra un visionado fácil de un material poco atractivo y repetitivo, aunque elaborado con cierto cuidado y cumplidor de las mínimas dosis de morbo, en este caso morbo clasista en un país en continua confrontación social. Y es que este corto no es mucho, en realidad no es más que un simple y errático ejercicio de escuela, pero en un país con una piel sociopolítica tan fina y una debilidad tan grande por la exhibición y la condena helo aquí convertido en el gran tópico nacional del momento.

A la vez que reflejar las limitaciones de sus realizadores y la pobreza intelectual y dialéctica de sus protagonistas “Caracas, Ciudad de Despedidas” también ha servido para, una vez más, dejarnos en evidencia como sociedad hipócrita y país consumidor de debates inservibles. 
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domingo, 7 de agosto de 2011

The Plumber, de Peter Weir. Tanto con tan Poco



Originalmente realizada para televisión, The Plumber (Australia, 1979), es una muestra sui generis de la polivalencia de Peter Weir, un director tan interesante como inclasificable.
Con los recursos justos, The Plumber cuenta la historia de Jill, una académica devenida en ama de casa, que se ve forzada a recibir los servicios de Max, el aparente plomero de la administración del edificio, quien día tras día hará de su presencia una experiencia aterradora para Jill, tanto a nivel profesional (porque terminará destrozando el baño de su casa, convirtiéndolo en un laberinto de tubos y goteras) como en lo vivencial, al llevarla a límites emocionales que la desequilibrarán al punto de tener que contravenir sus convicciones morales para intentar librarse del agobiante extraño.

Esta historia puede parecer absurda para todo aquel que no haya tenido que sortear los servicios de un plomero o, peor aún, tener que debatir o defender ante su mujer la impericia, osadía o improvisación de estos profesionales. La mía le tiene una especial animadversión a Tato, mi plomero de confianza, y siempre me pide que llamemos a otro; le revienta que lo solicitemos por una cosa, el goteo de un grifo por ejemplo, y el sujeto acabe desmontando el lavabo, las llaves o haciendo un recambio de todo el aparataje del inodoro. El plomero siempre se excusa diciendo que las tuberías son viejas, que la presión es muy fuerte o que los repuestos no son como las de antes. Yo trato de entenderlo un poco, pero no puedo decir lo mismo de mi media naranja.

De una premisa tan trivial como esta parte The Plumber, un film sin merodeos, que de entrada se adhiere a los códigos del suspense (música de ritmo monótono, primeros planos insinuantes, un personaje de corte siniestro: guantes de cuero negro, chaqueta, pantalones raídos) y, que asumiendo una óptica adecuada y necesariamente femenina, transmite el agobio, indefensión y asombro que la irrupción de un inesperado e indeseado extraño produce en el hogar. Además en un hogar pequeño burgués.

Y aquí quizás esté la clave de la película. El sujeto es un atorrante, arribista, tosco y, por si fuera poco, pésimo como fontanero (en un par de días destroza el minúsculo baño). Si su interlocutora fuese un ama de casa de una zona popular no habría historia: el tipo hubiese sido insultado y golpeado el primer día y ya, a otro lado con sus herramientas y su cháchara. Pero la protagonista es una académica en plan hogareño, tratando de adaptarse al papel de esposa casera mientras da término a su tesis. Su "educación" no le ha preparado para sobrellevar el trato con tipejos sagaces e impredecibles como el plomero en cuestión. Y, esa misma semana, tampoco encuentra mucho respaldo en su esposo, enfocado en la atención a unos colegas extranjeros que pueden procurarle un ascenso y traslado a Suiza.
El gran mérito de Weir radica en lograr una pieza de humor negro, donde para el espectador común todo parece rozar el absurdo, sin embargo hay una historia interna acerca de los miedos femeninos al abuso masculino y, dentro de este, el desconocimiento de los códigos de expresión y de comunicación entre gente de clases distintas, un enfrentamiento que termina por sacar a relucir lo peor de una protagonista que transcurre toda la historia como víctima y termina convertida en insensible victimaria. El resumen podría ser: "el sueño de la razón produce monstruos" o "no somos todo lo buenos que podemos ser mientras seamos capaces de temer a tanto".
Película breve, de discurso efectivo y fluido, donde se aprecian bien las preocupaciones narrativas y estilísticas de Weir, atraído por el substantivo de las acciones, por los personajes comunes pero de potencia vital impertinente y por esos escenarios cotidianos donde asistimos, con frecuencia y sin notarlo, a lo excepcional.

The Plumber, Australia 1979
Duración: 76 min.
DIRECTOR: Peter Weir
GUIÓN: Peter Weir
MÚSICA: Rory O'Donoghue, Gerry Tolland
FOTOGRAFÍA: David Sanderson
REPARTO: Judy Morris, Ivor Kants, Robert Coleby, Candy Raymond, Henri Szeps, Yomi Abioudan, Beverley Roberts, Bruce Rosen, Daphne Grey, Meme Thorne, David Burchell, Paul Sonkkila, Pam Sanders, Rick Hart
PRODUCTORA: The Australian Film Commission / Channel Nine / South Australian Film / TCN

Peter Weir (Sidney, 1944) es un reconocido director, autor de obras indispensables como Witness (1985), The Year of Living Dangerously (1982), Dead Poets Society (1989) o Picinic at Hanging Rock (1975).
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viernes, 21 de enero de 2011

Hereafter: La Otra Vida de la Vida


Lo que se experimenta en ese lapso inmediato y posterior a la muerte, le sirve a Clint Eastwood como detonante para ahondar en la incertidumbre y soledades de tres personajes principales, disímiles y distanciados: una periodista francesa que muere por unos segundos y visiona el más allá, un niño inglés que pierde a su hermano gemelo en un dramático accidente y un psíquico americano agobiado por la capacidad de poder establecer contacto con los muertos. Todos individuos condicionados y traumados por episodios o vivencias cercanas a ese estado preternatural, en el que se ha detenido la vida. Pero cada uno con un acercamiento distinto a este hecho inmaterial: la periodista, desde el cuestionamiento racional y el desconcierto y preocupación que esto genera en su vida, el niño desde el dolor por la pérdida y la necesidad de contactar a su ser querido para sobrellevar una cotidianidad que ha quedado vacía. El psíquico, inmerso en un penoso silencio, intentando despojarse de un don que considera le impide llevar a cabo una vida normal y placentera.
Pero a Eastwood no le interesa especular demasiado con insondables; su búsqueda se centra en aquello que puede reflejar con concreción: en lo humano, en el más acá, en la vuelta de tuerca vital que (les) sigue a quienes han "tocado" o vislumbrado ese lugar de tranquilidad, de sombras, voces y brillos difusos. Se trata de un renacer en esta misma vida, gracias al contacto con esa otra dimensión. Porque el tema de Hereafter (USA, 2010) es, en realidad, la manera en que el amor se puede manifestar, desarrollar y vincular en personas cuyo convencimiento y conciencia de la muerte les impide acercarse a las nociones elementales de lo que significa vivir.

La lectura principal que se desprende, entonces, es que la vida y la muerte parecen estar en todas partes, en cada instante, indisolublemente ligadas, pero lo importante no radica (sólo) en hacer conciencia de estas, sino en poder sobrellevar este incontrolable e inabarcable conocimiento, porque sino la anulación está a la vuelta de la esquina.
No deja de ser un curioso trabajo de Eastwood, a quien quizás el haber rebasado las ocho décadas, le ha deparado no nuevas preocupaciones, pero sí nuevos caminos para explorar aquello que esconde y palpita en el interior de lo humano, las emociones, motivaciones e incertidumbres desde una óptica más metafísica y fraccionada. No hay cuestionamientos especiales a lo espiritual o religioso en este film, se ocupa con inteligencia y ritmo e intriga (irregular por momentos, aunque sin decaimiento) en acercarnos una visión menos traumática y más complaciente de ese episodio inevitable que nos está esperando al final del camino.
Se trata de una película para paladear, que invita a involucrarse más que a meramente entretener (algo que, sin embargo, logra). Hay una ventana abierta al espectador que, con seguridad, algunos denostarán y otros se animarán a atravesar; posee un dejo extraño, una atmósfera que se mantiene y excede la pantalla y que lo mismo puede molestar o sacudir. Se devanea con ligereza y atrevimiento entre un discurso cuidadosamente elaborado y minucioso en las acciones, pero también con cierto coqueteo hacia soluciones fáciles, aunque no desarticuladas ni torpes. Una película que habla de vida, de muerte y de amor, ese misterio esperanzador que nos mueve con vacilaciones hacia un lado y otro, pero que, al final, como en el film, nos deja con la sensación de que lo valioso y necesario está siempre por aparecer, en esta vida o en la próxima.

Hereafter (USA, 2010)
Director: Clint Eastwood
Guión : Peter Morgan
Música: Clint Eastwood
Fotografía: Tom Stern
Reparto: Matt Damon, Cécile De France, Lyndsey Marshall, Bryce Dallas Howard, Jay Mohr

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domingo, 12 de diciembre de 2010

Exit Through the Gift Shop


Desde hace un tiempo, y sin proponérmelo, he ido atenuando la admiración desmedida que sentía hacia aquellos individuos cuya labor creativa me había inspirado o influenciado. Esto no quiere decir que ahora desdeñe los actos de talento o las expresiones intelectuales (ni tampoco a los artistas y creadores), todo lo contrario, pienso que para valorar la expresividad de la que somos capaces, es conveniente descontextualizarla (en cierta manera) del motor que la genera, del sujeto que le da forma. En pocas palabras, quedarnos con lo relevante: la obra, no el (nombre) que la impulsa, el culto (si vale la expresión) sería para la creación y nunca para el hacedor.
El arte es un misterio. Es tanto la imaginación, técnica y proceder ejecutado por un sujeto que lo organiza en un hecho estético o conceptual, como una acumulación de saberes, un legado interminable (cultura, tradición) que se digiere y decanta en un objeto "apreciable". Es tan inexplicable como la vida misma. Lo vemos, lo tenemos, lo estimamos y agradecemos algunas veces, cuando nos revela, nos conforta con algún indicio, alguna fórmula para comprender o sentir mejor este enigma que nos lleva a levantarnos cada día en busca de aquello que nos oculta su significado. Sin embargo, a pesar de que el individuo transforma la idea en un hecho, el origen de la energía que le alienta continua siendo insondable.
Vivimos una época en la cual el culto a la personalidad se ha convertido en un valor en sí mismo. La exhibición de la persona resulta de mayor interés (por lo mediático), que el propio evento creativo detrás del individuo. Hoy en día los límites del escenario se han diluido prácticamente, pero aunque el show puede estar en cualquier rincón, no parece suceder lo mismo con el arte ¿o sí?. Una de las grandes conjeturas que nos legó el siglo XX ha sido, precisamente, la idea de que el arte es una noción en continuo (re) ajuste, siempre en búsqueda de su significado. Y es en este juego de entidades e identidades (y excentricidades) entre las que se debate Exit Through the Gift Shop (Reino Unido, 2010) un singular divertimiento tan cinematográfico como rupestre.

Film inspirado y (aparentemente) realizado por Banksy, para más señas el archiconocido artista más desconocido del planeta, un creador cuyo delineador más representativo es su propia obra, detrás de la cual sólo hay un nombre y un montón de suposiciones.

Exit Through the Gift Shop describe el viaje de Thierry Guetta, un poco talentoso videoasta aficionado, obsesionado con el registro absoluto (en video) de todo cuanto acontece a su alrededor, algo que realiza de manera nada selectiva hasta que el arte callejero despierta su interés y decide enfocar su atención en grabar a los principales exponentes de esta disciplina en buena parte del mundo. Al involucrarse de lleno en este medio, se entera de la existencia de Banksy, el más famoso pero, así mismo el más secreto de todos cuantos se dedican a este modo de expresión. Durante un tiempo Guetta emplea todos sus medios para ponerse en contacto con el inescrutable creador, pero todos sus intentos resultan infructuosos: Banksy no cuenta con un nombre, una dirección o número de teléfono conocido. La única manera de acceder a él es a través de su discreta red de conocidos. Sin embargo, los pocos que pueden tener algo de información, se rehusan rápidamente a suministrársela. Pero, un día, sin que Thierry Guetta lo sospeche o convoque, el propio Banksy es quien llama a su puerta, lo que deviene en una estrecha colaboración durante un largo período de tiempo y una significativa amistad que lanzará al intrascendente y torpe videoasta hacia un inimaginable derrotero artístico.

Exit Through the Gift Shop se inscribe dentro de un discurso documental que rápidamente es puesto bajo sospecha pero, oh paradoja, no en tela de juicio. Una figura en sombras y con voz modificada se nos presenta como Banksy y nos aclara que el film partió del interés de Thierry Guetta en su obra, pero que ahora se ha convertido en una película de Banksy sobre Thierry Guetta (quien acabará autoproclamándose Mr. Brainwash), una verdad indiscutible que se constata a medida que avanza la narración. Un relato que nos inserta en la vida y motivaciones de una serie de talentosos artistas callejeros, de diferentes nacionalidades, mientras configuran y ejecutan sus obras en lugares tan dispares como Los Angeles, París, Londres o la Franja de Gaza. Pero también una historia que nos revela un tanto de la fascinante cultura urbana actual mediante la irreverencia y visiones de sus protagonistas más secretos. Todo esto animado por un halo de humor que discurre con fluidez por todo el film, volviéndolo tan atractivo como entretenido pero, aún más, sin perder una pizca de su impulso y motivación más pura: un punto de reflexión acerca del estado actual de las cosas, desde la visión de un artista que se mira a sí mismo a través de la óptica que todos los demás tienen de él mismo, pero ni siquiera de él, sino del nombre que está asociado a él, a lo que representa esa "marca" para los demás, para quienes le observan en la calle, para los medios y, cuándo no, para el omnipresente mercado... en este caso, el mercado del arte.
Película elemental, me gustaría decir que de visionado obligatorio para cualquier amante del cine, pero al menos sí para ser observada y debatida por todo aquel que desarrolle o esté cerca del proceso creativo (sea cual sea su medio) y no esté ausente de sus cuestionamientos. También para todo el que quiera descubrir un poco más de esos pictóricos y libres rincones urbanos que se apalancan en los múltiples soportes expresivos (una pared, una ventana, una pila de bloques, una cabina telefónica) y que tanto pueden hacernos meditar o congraciarnos con un mundo cada vez más repleto de edificios y publicidad por doquier, pero más vacío y predecible. Un mundo que nos ha vuelto más iconoclastas que nunca, a la manera en que profetizó Baudrillard: no (sólo) de los que destruyen cuadros, sino de los que elaboran un sinfín de imágenes donde no hay nada que ver.

Exit Through the Gift Shop (Reino Unido, 2010)
87 min.
Director: Banksy
Guión: ?
Música: Geoff Barrow
Reparto: Documentary, Thierry Guetta, Banksy
Productora: Coproducción GB-USA; Paranoid Pictures
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viernes, 3 de diciembre de 2010

The Social Network: Las Múltiples "Caras" de lo Social



Era una historia hecha a la medida de David Fincher, quizás el realizador que en los últimos quince años ha mostrado más preocupación por los matices ocultos de la identidad humana, por la multiplicidad de rostros que se disimulan tras el entramado social que la realidad tiende y organiza frente a nuestras miradas. Curiosamente la identidad enfocada con frecuencia desde una agudeza intelectual que colinda peligrosamente con la perturbación analítica y la fragilidad emocional. Y siempre con una inquietud recurrente: el juego de poder y el poder como juego, pero visto como energía consumidora de humanidad, como detonante de soledad.
Con estas características Fincher ha construido buena parte de sus personajes esenciales, como el culto y moralista psicópata John Doe, de Se7en, suerte de asesino litúrgico que desde las sombras intenta revelar el verdadero rostro de quienes le persiguen mediante un tira y recoge dialectal. En un orden similar puede inscribirse el millonario Nicholas Van Orton de The Game, un hombre inmerso en un insólito y aterrador juego que más que poner en peligro su vida, termina revelándola, dejando en evidencia todas sus carencias. En Fight Club las licencias son mayores, pero las búsquedas no se extravían demasiado: el protagonista se inserta en una disparatada y onírica interacción con el etéreo y mental Tyler Durden, más un evento que un personaje, como también lo parece el inasible y no menos "juguetón" asesino de Zodiac, que termina recreándose en múltiples rostros, en una sospecha sin fin. Todos personajes tan inteligentes y licenciosos como distanciados de su emotividad, al borde entre la villanía y la caricatura.
Mark Zuckerberg, la imberbe figura de su más reciente película, The Social Network (USA, 2010), no sólo no renuncia a estas cualidades, sino que las incrementa y proyecta al borde de lo inverosímil. Aquí David Fincher, articula con mayor énfasis y fluidez el tema del poder y sus derivaciones, el juego y la soledad que éste conlleva. Pero, sin paradoja alguna, sin recurrir a brillantes y obsesos asesinos, a delirantes caracteres mentales, a millonarios obnubilados en sus falencias. Le son suficiente una pandilla de ególatras y soberbios ratones de universidad, para patear la mesa y cuestionar el estado actual de las relaciones y valores humanos de toda una generación inmersa en una desaforada carrera hacia el vacío narcisista.
A pesar de que The Social Network es un film restringido a lo biográfico, no quiere decir que en su recreación se limite a lo estrictamente real; la rapidez con que Fincher nos avasalla las acciones, las decantaciones mentales, la frenética discursiva, hace pensar en súper héroes y villanos de cómic persiguiendo el control de la humanidad. Y quizás haya poco de broma o de disparate en esto. El ambiente, las situaciones y los personajes arañan lo ficticio, como en las mejores fábulas: son tan auténticas que resultan difíciles de creer. El Boston de comienzos de 2000 y sus niños malcriados y súperdotados pueden parecer tan antipáticos y repudiables como inconcebibles.


The Social Network recrea los eventos y motivaciones que orbitaban en la pequeña comunidad universitaria de Harvard, en los primeros años de la década, cuando Mark Zuckerberg crea la mundialmente conocida red social Facebook, convirtiéndose en un tris en el multimillonario más joven del planeta. Una suerte de Ciudadano Kane mimado y en pantuflas.
Pero acá no hay grandes hazañas, ni sudor, ni búsquedas apasionadas de criterios para lograr fortuna ni temperamentos férreos, aunque sí muy pocos escrúpulos. Lo que abunda son intrigas básicas, resentimientos simples, bajísima estatura moral y apatía emocional. La teatralidad de Zuckerberg es nula, su chispa vital inexistente. Es un personaje que se manifiesta a través de lo que genera y reproduce en quienes configuran su entorno, pero que no bulle en su corporeidad. Baste decir que el contexto de Zuckerberg roza en lo patético, no hay vínculos afectivos, todos los personajes se mueven por posturas, por caprichos. La energía, pasión y altivez de William Randolph Hearst se echa en falta en Zuckerberg, espécimen clásico de su época, de nuestra época, donde no hacen faltas grandes gestas sino una simple idea (o el robo y perfeccionamiento de una) para echar a andar una mecánica financiera que abruma y puede indignar por igual.
Ignoro si Fincher habrá tomado como referencia el Kane de Orson Welles, pero apenas salí de la función no he podido evitar los paralelismos: El sensacionalismo mediático que explotó Hearst (y que aún sufrimos) tiene mucho que ver con la frivolidad que se le endosa al Facebook de Zuckerberg, un espacio en el que se alienta a exhibir y ostentar, preocupaciones mayores de nuestros tiempos y consecuencia directa y resultado natural del "invento" de Hearst.
Ahora, en cuanto a lo técnico y visual, si Welles tuvo que romper pisos para lograr esos grandes contrapicados que incrementasen la energía y tamaño de su Ciudadano Kane, Fincher apela a una cámara más a ras y con gusto "picado" para aminorar aún más la estatura moral y humana de un Zuckerberg grandilocuente eso sí, pero disminuido y perdido en una búsqueda de poder en la cual no parece convencido y que sólo incrementa aún más la soledad que termina abrumándolo.
Los 120 minutos de duración no tienen desperdicio. No falta ni sobra ningún plano, el guión es perfecto, la música ideal, el casting y las actuaciones totalmente destacables. Jesse Eisenberg logra lo imposible: volver atractivo un personaje sin rasgos, configurar un maniquí intelectual inexcrutable. Justin Timberlake, como el incontenible Sean Parker, fundador de Napster, sencillamente me sorprendió.
Me da la impresión que David Fincher ha firmado una obra imprescindible, una "cara" admirable y reprochable de la dinámica actual y que, mirada desde lejos y con el pasar de los años, describirá con mucho tino a los hombres e intereses que han demarcado esta época, para bien o para mal.

The Social Network (USA, 2010)
120 min.
DIRECTOR: David Fincher
GUIÓN: Aaron Sorkin (Novela: Ben Mezrich)
MÚSICA: Atticus Ross, Trent Reznor
FOTOGRAFÍA: Jeff Cronenweth
REPARTO: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake, Armie Hammer, Joseph Mazzello, Max Minghella, Rashida Jones, Brenda Song, Rooney Mara, Malese Jow, Trevor Wright, Dakota Johnson, Aaron Sorkin
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